“Borgen” o “Esto no es Dinamarca”

Para los que aún no lo sepáis, Borgen es una serie danesa de éxito en la que se trata la vida política y también la vida personal de una supuesta primera ministra, idealista y con un alto sentido de la honestidad y la justicia,  que gobierna el país.

Una serie que pretende contar de forma realista el día a día de una primera ministra tiene que proponer situaciones creíbles a su público, y más aún en el primer capítulo, que es en el que se define el estilo de la serie y se presentan los personajes a los que el espectador va a tener que seguir. Partiendo de esta premisa, podríamos decir que a partir de una serie de cariz realista se puede deducir la idiosincrasia de  la población de ese país, que es a quien va dirigido el producto y a quien se tiene que fidelizar.

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Dicho esto, vamos a analizar uno de los detonantes de ese primer capítulo (antes de seguir debo advertir al lector que voy a hacer un poco de spoiler): Estamos en plena campaña electoral y Birgitte Nyborg –la que finalmente será primera ministra- no tiene muchas expectativas de ganar las elecciones ni de ser una candidata seria a presidir el gobierno del país. El candidato con todos los sondeos a favor y con más perspectivas es el actual primer ministro, Lars Hesselboe, del Partido Liberal, que parece que va a renovar su mandato. Sin embargo ocurre algo inesperado: Hesselboe acude a un congreso de Liberales que tiene lugar en el extranjero. Le acompaña a desgana su mujer, a quien vemos muy resentida por el alto coste que ha tenido que pagar a nivel personal y familiar por ser la esposa del primer ministro. Mientras Hesselboe está reunido con otros liberales europeos, su esposa sale de compras y acaba comprando productos carísimos que ni quiere ni puede pagar, porque no lleva dinero ni forma de pago alguna encima. Para evitar el escándalo, los asesores de Hesselboe le advierten rápidamente de la situación y lo apremian a intervenir. Efectivamente, Hesselboe se presenta en la tienda a toda prisa pero cuando se dispone a pagar las compras de su esposa (que en cierto modo ha provocado el incidente para fastidiar a su marido), éste descubre que al salir de forma tan precipitada olvidó su tarjeta de crédito personal; así que, tras dudarlo mucho, acaba pagando con su tarjeta de compras institucionales, con la intención manifiesta de restituir el importe de inmediato.

DE LIBERALE

   La información sobre ese suceso acaba en manos de un rival político, que la usa sin ningún pudor contra Hesselboe, que empieza a perder puntos en las encuestas y no consigue renovar su mandato.

Vuelvo ahora a las dos premisas iniciales de esta reflexión:

  • Una serie realista debe ser creíble para los espectadores a quien va dirigida. Y Borgen ha sido un éxito en Dinamarca. Por lo tanto, para los daneses la premisa de que un candidato a gobernar el país puede caer en desgracia por usar de forma inadecuada una tarjeta de crédito institucional, es creíble.
  • Una serie realista es una herramienta útil para conocer la idiosincrasia de la población a quien va dirigida. De lo cual podemos deducir que la sociedad danesa es muy sensible y muy crítica ante la corrupción política. Y no es de extrañar, puesto que según el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de 2016, que elabora Transparencia Internacional (TI), Dinamarca es el número 1 al ser el país menos corrupto del mundo junto con Nueva Zelanda.

Y ahora vamos al meollo: conozco mucha gente que ha visto Borgen y que le ha gustado. Yo mismo soy uno de ellos. Pero en general me han comentado que ese detonante, el del uso indebido de la tarjeta de crédito institucional –que creará un efecto-cadena que en última instancia  llevará a Birgitte Nyborg a ser primera ministra- les parece exagerado. Y yo creo que es porque aquí tenemos la corrupción muy asimilada en nuestra conciencia, la corrupción política es a nuestra idiosincrasia lo que una garrapata a un ciervo: le pica, sabe que está ahí, pero no puede quitársela y al final se acostumbra a vivir con ella, pensando que como su cuerpo es mucho más grande que el parásito, no importa porque no le podrá hacer mucho daño. Y ahí las tenemos, a la corrupción política y a la garrapata, chupándonos la sangre. Y a nosotros pensando que es un mal menor, o incluso un daño colateral inherente a la política.

Y nuestra manera de hacer ficción con la corrupción política se centra en dar por hecho que esa corrupción está anclada ya en el sistema, y en ponerla en evidencia pero mandando el mensaje de que al final los corruptos acaban saliéndose con la suya a pesar de todo, como sucede en dos películas recientes: “Cien años de perdón” y “B” (sobre esta última, que trata sobre los interrogatorios a Bárcenas del juez Ruz y de la que se distribuyeron pocas copias, ya he hablado).

Cien años de perdón

Echo en falta más películas de este tipo, echo en falta películas basadas en las múltiples tramas de corrupción que hay en este país. ¿O no da incluso para una serie el hecho de que implicados en las tramas de corrupción del PP hayan muerto durante la investigación de los casos, o que desaparecieran misteriosamente ciertos discos duros de la sede del PP? ¿O que dos expresidentes de la Junta de Andalucía estén sentados en el banquillo?

Pero claro, quién es la productora que se expone a ser señalada y puesta de por vida en la lista negra por proponer algo así, a ver, que aquí todo el mundo tiene que comer.

Conclusión: esto no es Dinamarca, y una premisa como esa aquí nos daría risa. Pensaríamos “¿sólo por eso cae en desgracia ese primer ministro?”. Son los mismos que se reirían de que la ministra de educación alemana Annette Schavan dimitiera “sólo” porque se hizo público que copió parte de su tesis doctoral. Quizá por eso España está en el puesto 41 en ese mismo Índice de Percepción de la Corrupción, entre Costa Rica y Georgia, muy lejos del primer puesto que ostenta Dinamarca.

Y así nos va.

4.500 aparatos (y algunas cosas buenas)

Esto es como la película “300”: 300 espartanos, en representación de miles de griegos, rigen el destino de una guerra -al menos durante 3 días- . Traslademos ahora la Segunda Guerra Médica entre griegos y persas al mundo de la televisión en España: 4500 audímetros (medidores de audiencia), en representación de varios millones de personas, rigen el destino de miles de puestos de trabajo y de millones de euros en publicidad e inversiones.

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   Como guionista de televisión no voy a quejarme, porque esos 4.500 aparatejos hasta la fecha me han dado más alegrías que penas. En series de éxito como COMPAÑEROS, UN PASO ADELANTE, LOS SERRANO, YO SOY BEA y BANDOLERA fueron fundamentales para que cada una de ellas fuera renovando contrato con la cadena de turno, y yo y tantos otros pudiéramos mantener nuestro puesto de trabajo. En esos momentos nadie piensa que depende de un puñado de medidores, uno está feliz pensando que ha conectado con la sociedad, escuchando cómo en la calle, en los bares, en el metro y en el autobús la gente habla de tu serie. No. Es cuando las cifras de audiencia empiezan a disminuir o no alcanzan los índices que la cadena pretende, cuando te empiezas a plantear qué hay detrás de esos 4500 aparatos que provocan un montón de discusiones en los despachos, un montón de cambios en los guiones y en la manera de grabar, y que decidirán tu futuro laboral y el de muchos compañeros. Como me ha pasado recientemente con la suspensión de GRAN RESERVA, EL ORIGEN.

gran reserva, el origen

¿De verdad son eso 4500 audímetros un reflejo fiable de lo que ven miles, millones de personas en la televisión? ¿De verdad los criterios con que se asignan esos medidores -sexo, edad, clase social, tipo de población por miles de habitantes- son extrapolables al resto del universo de tele-espectadores? Pienso en las encuestas sobre intención de voto: las hacen empresas que también extrapolan datos a partir de una minoría supuestamente representativa, y lo hacen con criterios supuestamente serios y parecidos a los que usan las empresas que asignan audímetros a nuestros hogares. Volviendo a las encuestas sobre intención de voto: a menudo hay diferencias enormes entre los resultados del recuento de votos y el resultado que daban esas encuestas. Pero con los audímetros no hay forma de contrastar los datos que nos ofrecen con la realidad palpable y concreta de unas urnas.

       Supongo que muchos dirán que no es comparable la medición de audiencias con la encuesta sobre intención de voto, en ésta última seguramente entran en juego variables que no pueden controlar cambios de opinión de última hora, sobre todo en los indecisos, pero aún así… le da a uno miedo pensar en ello. Porque entonces te das cuenta de que lo de la medición de audiencias es un pacto más o menos arbitrario, es hacer un acto de fe hacia unas pocas máquinas y hacia los técnicos que eligen el perfil del espectador a quien se le va a instalar, dando por hecho que los datos que podamos sacar de allí coincidirán con una realidad más amplia a la que supuestamente representan.

Pero, si resuelvo con un acto de fe mis dudas sobre la fiabilidad de los datos de audiencia, me viene otra duda casi peor:  ¿Habrá otros intereses que hagan moverse los medidores arriba o abajo? ¿Si una productora o una cadena o un grupo mediático tuviera manera de presionar para que esos datos se manipularan, no lo haría? ¿Acaso les detendría sólo la ética y un supuesto código deontológico, teniendo en cuenta los millones de euros en inversiones y en publicidad que dependen de esos datos? Y entonces se me dispara la imaginación y pienso en esa película protagonizada por Al Pacino y Russell Crowe, El dilema, donde un alto directivo de la industria del tabaco estaba dispuesto a confesar públicamente que las empresas tabaqueras manipulaban sus productos para aumentar la adicción de sus consumidores. Y me imagino a un becario que entra a hacer una sustitución en verano en una empresa de medición de audiencias y recibe por error un correo electrónico dirigido a la persona a la que está sustituyendo, y que en ese correo un grupo mediático le está comentando a esa persona ausente los datos de audiencia que debe manipular para seguir cobrando su “propina”. El becario, alucinado, lo cuenta a su superior inmediato para que haga algo y descubre que el superior también está en el ajo. Y entonces tiene que huir quedando además como el malo, para que no lo maten los malos de verdad o lo encarcele la policía -que lo busca porque los malos de verdad han matado a su chica y le han hecho creer a la pasma que ha sido el pobre becario-.

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Pero si uno, como guionista que es, pensara todo el día que su suerte se rige por esos 4500 aparatejos que supuestamente dan datos fiables y no manipulables sobre la audiencia, sería un sin vivir. A mí esta profesión me gusta a pesar de esa dictadura de los datos de audiencia, he aprendido cosas interesantes, y no sólo respecto a cómo escribir un guión, también aprendes cosas para moldear y mejorar tu forma de ser. Como por ejemplo, estar abierto a la crítica constructiva y a la creación colectiva. Tener presente que lo que escribes es importante, pero que sólo es una maniobra de aproximación a lo que va a ser el producto final, que cuando dejes el guión estarán en plató los directores, los realizadores y las necesidades de los actores y ellos aportarán sus modificaciones. Una buena vacuna, por lo tanto, contra el ego del escritor que escribe en solitario, como es también mi caso.

Y sobre todo, lo que me gusta es el “feed-back” que puedes tener con el espectador y con los actores: me gusta oír lo que los espectadores de mis series opinan sobre las tramas, sobre los personajes, para luego llevar esas  impresiones a las reuniones con el resto del equipo. Me gusta ver cómo los actores interpretan lo que yo he escrito porque eso me permite imaginarme cómo dirá algo que escribiré más tarde para él, si le resultará fácil, si le resultará difícil, si nos hará reír, si nos hará llorar… y reír o llorar mientras lo escribo, imaginándolo.

Como di a entender en varias citas de la entrada anterior, el poder de la ficción es muy grande. Y muy necesario. Las historias actúan en nosotros como un imán, nos llevan a identificarnos con lo que nos están contando, a sumergirnos en un mundo imaginario que vivimos intensamente durante un rato como si fuera real y nos obliga en cierto modo a revisar nuestro propio mundo. Hay dos anécdotas que para mí resumen el poder de esa ficción:

1.- Cuando estaba en la serie COMPAÑEROS fuimos a grabar a Lastres -Asturias-, porque supuestamente era el pueblo de uno de los protagonistas, Pedro (Pablo Puyol). En la trama el barco en el que iba el padre de Pedro -que era pescador- había naufragado. Entre otras escenas, había que grabar en el puerto el regreso del barco que había ido a rescatar a los supervivientes, y para ello el director quería contar con figurantes del propio pueblo. Pues bien: le preguntamos a una señora si quería ser figurante en esa escena, y ella preguntó si los marineros eran rescatados o no, porque en caso de que hubiesen muerto no le interesaba participar en el rodaje. Le dijimos que sí y la mujer aceptó. En el momento de la grabación, cuando el padre de Pedro llegaba en el barco de rescate y saltaba al muelle, la mujer se abalanzó sobre él llorando y lo abrazó. Más tarde nos enteramos de que esa mujer era viuda, su marido, pescador, había muerto en un naufragio del que nadie pudo rescatarlo.

2.- Cuando estaba en YO SOY BEA uno de los personajes secundarios más queridos por elena_inma islael público, Elena (secretaria de dirección, interpretada magistralmente por Inma Isla) se divorciaba. En la trama lo pasaba muy mal, pero hacíamos que con el apoyo de sus amigas del trabajo ella se animara y saliera adelante, con ganas renovadas de vivir. Pues bien: un día la actriz iba por la calle y una mujer la paró. Le contó que ella también se acababa de divorciar y lo estaba pasando muy mal, pero que ver en la serie sus esfuerzos por salir adelante la estaban ayudando también a sobreponerse.

Me fascina ese poder que tiene la ficción sobre el ser humano, supongo que no en vano los psicólogos recurren a ella en las terapias con psicodrama. Me fascina ese poder catárquico que posee y del que ya nos hablaba Aristóteles. Por eso, a pesar de los 4500 aparatejos, me produce más alegrías que penas.